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viernes, 30 de abril de 2021

Camino a la verdad

 

Las livianas nubes grises difuminaban las pobres sombras por la falta de luz de aquella mañana. Antes del toparse con el aterrador descubrimiento, ignoró el timbre que retumbó entre las paredes de su casa de Malasaña. Él se encontraba en el jardín de su patio interior, dedicándose a sus plantas y a la incorporación de nuevos tesoros a la colección que enriquecía su verde y viva vitrina.

Con su habitual cúpula de soledad y su actitud ausente, acompañada por la mirada de las mil yardas de color negro como pozo de petróleo, manejaba su pequeña pala metálica rompiendo la tierra con una tranquilidad y cariño desesperantes para un posible e inexistente espectador. La prisa siempre fue manta veraniega para él. «Mide siempre dos veces» y «el tiempo es demasiado valioso como para perderlo con prisas» eran la única herencia que le dejó su padre hacía cuatro años y medio. Su breve sabiduría y una Biblia que difundía su palabra entre el polvo del desván.

Una vez perforado el lienzo de la colorida obra, empezó a dar forma al hoyo que sería refugio de las raíces de un helecho. La oscura y húmeda tierra se colaba entre sus uñas descuidadas, yemas de cuyos dedos apretaban la curva pared del socavón.

Un breve desprendimiento le obligó a retirar del fondo del agujero el sobrante, por lo que hundió sus manos sintiendo el cosquilleo agradable de la naturaleza. Sin embargo, algo turbaba su apacible entretenimiento. El placer del tacto del barro en sus manos fue interrumpido por tres elementos esféricos. No eran guijarros, tenían menos consistencia que las piedras. Desenterró aquel trío viscoso con cierta curiosidad. Sopló sutilmente para hacer volar la suciedad que los cubría. Y, sobresaltado, los dejó caer al césped y se echó hacia atrás con la respiración alterada debido al asombro.

El corazón agitaba el pecho. El aire le entraba a mares por la boca pero no llegaba a satisfacer la sed de los pulmones. Sobre el bien cuidado tapete de hierba, inertes, tres ojos. Tres ojos azules los cuales parecía que lo observaban con dolor, el sufrimiento del que padece sin lograr comprender el motivo de esa bestialidad desproporcionada.

Sintiendo el golpear de su pulso con afán, cual tambor buscando su huida, el hombre se lanzó desesperado a palpar la tumba de aquellos miembros. Destruyó gran parte de su obra, la misma que se esmeraba por mejorar cada día. No obstante, bajo aquella belleza vegetal no se escondía nada más.

***

Las dos de la mañana hacía minutos que habían muerto cuando despertó acompañado del sudor frío de la pesadilla. Una vez hubo domado su corazón desbocado, se sentó en el borde de la cama con la mirada fija en el suelo. Enfrentarse a la realidad nunca es fácil, pero el ser humano se autoconvence con cada generación de la necesidad de conocer la verdad, aunque ello guíe el gélido puñal hasta el hueco intercostal. Como si de una religión se tratara, la falsa sensación de control que proporciona el creerse en posesión de una certeza manipula al ser humano, erosionando la ilusión y la tranquilidad.

Se puso las zapatillas de andar por casa atrayéndolas con la fuerza de sus pulgares de los pies. Tras calzarse, se levantó e inició su camino con paso dubitativo. Sabía dónde iba, sabía que llegaría, y necesitaba hacerlo para poder recobrar el sueño, pero demoraba el momento, temeroso de no obtener la respuesta deseada.

Descendió los escalones como si los pies de plomo crujieran los peldaños de granito al entrar en contacto.

El helecho que plantó la mañana anterior permanecía impasible ante las ascuas que quemaban el estómago del hombre que se erguía frente a él. El desconocimiento de aquella planta le revolvía la conciencia, por lo que se disculpó con gran pesar segundos antes de arrancarla de un tirón.

Los nervios se habían tragado los miramientos y los había escupido al otro lado de la alambrada. Empezó a escarbar con premura, de nada le servían entonces sus dos mantras. Rápidamente se topó con el primer ojo y, poco después, los otros tres. Cuatro ojos azules como el mar que añoraba desde el viaje familiar de su infancia; ojos azules como los de la chica de la que había estado enamorado antes de ser rechazado; ojos azules como los que no heredó de su madre, quien no supo actuar, impotente, mientras él sufría los nudillos de su padre. Cuatro ojos azules, no faltaba ninguno. Respiró aliviado, estaban todos.

Por fin pudo dormir a pierna suelta y, esa vez, en su sueño, los números cuadraban con la realidad.



Relato incluido en la antología benéfica Historias de Malasaña.

martes, 2 de marzo de 2021

Vienen a por mí

 

El grillo que custodia mi balcón queda afónico tras su canto continuo. El silencio absoluto me deja sobre aviso, ya está aquí. Ya han venido a por mí. El viento ha muerto y la poca luz de la luna llena que barniza mi ventana ha quedado al borde de la extinción. Tengo que darme prisa si quiero volver a escapar.

Saco del florero con agua uno de los dos ramos de crisantemos. Los mismo ramos que mi ignorancia me hizo tomar prestados del camposanto. Lo apoyo contra la puerta de mi habitación y cruzo los dedos para que, su capacidad para bloquear aquello que ya no respira, me regale unos minutos extra que me otorguen la oportunidad de llenar mis pulmones con el nuevo día. Sin embargo, mi esperanza se evapora al segundo siguiente pues, acompañado del leve crepitar de una hoguera, empieza a secarse por los pétalos a la velocidad de las sombras.

Ahí me doy cuenta de que los párpados quieren rendirse, mis hombros se hunden y mis rodillas buscan tierra. «Ahora no puedes dejarte llevar, queda poco para ganarte otro día», me animo. Nunca se me habían dado bien las arengas y, por ello, mi cuerpo se resiente en este momento. No se logra espabilar.

Vuelvo a mirar hacia la puerta. El primer ramo está más cerca de ser polvo que aroma. Corro a por el otro, el último. Lo prendo con el florero con la vana ilusión de que el agua lo mantenga durante más tiempo. No obstante, las flores empiezan a marchitarse antes de llegar al suelo. El reloj corre demasiado lento.

Me apresuro a la cómoda y cojo el marco que contiene una de mis fotos familiares. Se está modificando. La imagen de la persona que posaba entre mis padres y detrás de mi hermana pequeña se difuminaba. Soy una figura traslúcida dejando su hueco al paisaje que se pinta en el fondo. Una lágrima se me escapa en un riachuelo que que moja el cristal. Pronto no seré más que olvido, uno más de los que nunca existieron.

De repente, la esperanza se disfraza de un rayo de luz rebotando en el brillo de la fotografía. El sol trepa por el horizonte y despliega sus tonos anaranjados. Mi corazón desata su redoble contra mi pecho. Mi sueño ha desaparecido por completo. Miro hacia el tocador y mi ánimo acaba cayendo al fondo del pozo.

El día ha llegado demasiado tarde, ya no me reflejo en los espejos.

lunes, 22 de febrero de 2021

Martes 17

 9:36

Acabo de llegar a la consulta, otra vez tarde. No lo he podido evitar, estoy seguro que me seguían. Ya no puedo asegurar nada en un alto grado de probabilidad. Los pasos tras de mí los sentía en la nuca, puedo prometer que los escuchaba a cada segundo más cerca. Si ha sido una alucinación de tantas, mi mente es más poderosa de lo que creía. Casi podía palpar la sombra que me perseguía. Ojalá me haya perdido la pista. Aquí por lo menos estoy a salvo. Aún sigo agitado, me tiembla el pulso dificultándome la escritura. Voy a parar unos minutos hasta tranquilizarme.


9:50

Retomo el diario que me aconsejó el terapeuta para analizar hasta qué punto alcanza mi trastorno paranoide. Espero que no me hayan llamado sin que yo hubiera llegado. Cuando he salido de casa a las nueve, el sol no se había desperezado aún y las nubes copaban el techo del mundo. A pesar de ello, no se esperan lluvias, nuestro clima es demasiado seco. Todo parecía normal. Insisto, parecía. Me ha puesto en alerta el hecho de no haber visto ningún pájaro. Quizá sea una señal, siempre son los primeros en huir del peligro. Tienen un sexto sentido para ello. A veces pienso que tengo también esa capacidad, como la mutación de aquel niño asiático con los ojos de gato. Hay un diminuto porcentaje de casos raros que lo sacan de la imposibilidad. Tengo la sospecha de que ese es el motivo por el cual soy el blanco de la persecución. Después de coger tres buses para complicarle la tarea a quien me siguiera el rastro, he desembocado en mi destino. Ahora, un hombre que tengo enfrente me mira intermitentemente. Pararé de escribir hasta que pare, así no sospecha que mi texto habla de él.


10:06

Hace unos instantes se ha abierto la puerta de la consulta levemente dejándola entornada. No lo suficiente como para poder ver lo que hay dentro. Tampoco me he esforzado excesivamente en ello. Se ha creado una cierta expectativa en torno al deseo de ser el afortunado del turno. Tras largos segundos de incógnita, una voz muy grave y desconocida ha llamado a consulta a otra persona que se encontraba a mi izquierda sin que saliera previamente nadie. Se ha podido oír como gente resoplaba con desesperación. Esta habitación nunca había estado tan repleta. A mí me ha asustado la voz masculina del interior de la consulta. No es la de mi terapeuta, cuyo tono es un poco más aflautado. ¿Lo estarán sustituyendo porque ha enfermado? ¿Habrán usurpado su identidad para darme caza? ¿Sería todo una situación ideada por el especialista para tratarlo con una lógica que mi mente no dilucidaba? Mi corazón resuena dentro de mi caja torácica.


10:15

Una mujer y un hombre estaban cuchicheando en privado pero sin esconderse antes de preguntarme:

― Perdone, ¿a qué hora tiene su cita?

― Pues tenía a las nueve y media pero he llegado tarde. No sé si me ha llamado y no estaba.

― Es raro. Nosotros también teníamos a esa hora y hemos llegado a y cuarto, prácticamente a la vez. Minuto arriba, minuto abajo.

― Un momento, yo también tenía a las nueve y media – ha irrumpido otro hombre.

Ésta ha sido la escueta conversación que ha dado pie al revuelo que se ha formado. Esto no me gusta nada.

― A lo mejor para hoy han planeado una terapia en grupo – ha dicho el hombre que lo ha iniciado todo.

Esa hipótesis no tiene sentido, porque de ser así: ¿por qué van llamando de uno en uno? Hay formada una caótica algarabía a múltiples bandas que no atino a comprender. El escándalo me abruma, me desborda la atención.


10:30

La conversación principal se ha ido diluyendo y ahora se habla en pequeños grupos sobre temas banales o temas personales. Parece que al ambiente de un bar le hayan bajado el volumen con la rueda de la radio del coche. Yo me mantengo en mi sitio. No voy a bajar la guardia, mi supervivencia puede depender de una guerra de resistencia. Me aíslo para protegerme.


10:41

La sangre ha huido de mi cuerpo y yo me congelo en mi asiento. Como la estatua de hielo en un cocktail, una gota de sudor frío recorre mi espinazo, lentamente, recreándose en cada vértebra. Hace dos minutos, un hombre, cansado de esperar, se ha levantado soltando rayos por la boca con intención de salir y dirigirse al trabajo, según ha vociferado. Sin embargo, al intentar girar el pomo de la puerta de salida, se ha dado cuenta que estamos encerrados con llave. Como un energúmeno la ha golpeado para después cruzar la habitación y probar suerte en la puerta de la consulta del psicólogo. Bloqueada. En este momento no cesa de tocar con los nudillos, nadie le contesta. Me he fijado en que no hay ventanas. Tengo náuseas trepando por mi garganta, alargando sus garras hasta la campanilla. Haré un esfuerzo para no vomitar. No debo llamar la atención.


10:59

Me despido, ojalá que por poco tiempo. Después de un silencio incómodo de diez minutos vestidos de años, la puerta de la consulta se ha abierto. El hombre que había entrado hace tiempo no ha salido. La voz grave me ha llamado a mí esta vez. Estoy dudando, pero voy a entrar. ¿Qué otra opción me queda? Voy a dejar la libreta en la misma silla donde ahora estoy sentado. Si no continúo este diario en las horas venideras será que mi trastorno no era tal y mis sospechas no eran infundadas; o que esta poco probable terapia de shock ha funcionado y he vencido a mis sombras. Seas quien seas, si estás leyendo esto, lamento decirte que correrás la misma suerte que yo.

¡Mucha suerte!


sábado, 20 de febrero de 2021

La prueba

 

Antes de que se despertara la mañana, Ceballos, el inspector de policía, ya se encontraba en la escena del crimen. Las ojeras demostraban que la dedicación a su oficio era más poderosa que los brazos de Morfeo. Las piernas le pesaban y las lumbares le golpeaban como un látigo de cinco puntas. A pesar de ello, se levantaba cada día después de apenas cuatro horas de sueño.
Llegó a una casa con la puerta abierta, en la cual había sido arrebatada la única vida que la habitaba. Otro hombre asesinado con un arma blanca en su propio salón. El informe preliminar del forense era calcado al de los anteriores homicidios: a la causa de la muerte, una puñalada en el corazón, se le sumaba una profunda herida post mortem en la palma de la mano que demostraba el ensañamiento. La víctima era Santiago Maura, fichado por alcoholismo y malos tratos.
Ceballos se puso las gafas de cerca y observó minuciosamente el cuerpo inerte. En la mano sin vida, de nuevo, un cabello acusador. Lo mandó a analizar y se marchó a la oficina sintiéndose un héroe anónimo. Amaba su trabajo.
La tarde llegó sigilosamente, como una mala noticia que se cuela por debajo de la puerta. El inspector se encontraba en su escritorio arreglando el papeleo cuando le fueron a buscar a la misma oficina de policía. Mientras escribía con un mediocre bolígrafo negro, dos sombras se elevaron sobre su cabeza cual cuervo que se posa sobre la lápida de piedra erosionada con el tiempo. Uno de los agentes lo esposó sin oposición ninguna. La incógnita e incertidumbre no desaparecieron de su cara hasta que le leyeron los cargos por los que se le acusaban. Después de aquellas palabras que dolían como disparos, en su mirada solo quedaban el horror y el desconcierto. El pelo era suyo.
Desquiciado, entre rejas, no cesaba de darle vueltas a la cabeza. Aunque finalmente fuera declarado inocente, su vida ya estaba arruinada. Aquella mancha en su expediente acababa de quemar su carrera haciéndola cenizas como ese papel arrojado por un inocente niño a una chimenea por la curiosidad hacia aquel elemento tan bonito y peligroso a la vez.
Lo obligaron a dejar el cuerpo y, cadáver tras cadáver, siempre aparecía la misma prueba acusadora. Sin embargo, nadie sospechó de la peluquera. Nunca.

jueves, 14 de enero de 2021

El parque

Te escuecen los ojos, están resecos. Parpadeas largo para calmar las ascuas encerradas en el cristalino. Cuando los vuelves a abrir estás sentado en el banco de tu parque favorito. Las cadenas del columpio están oxidadas, chirrían con el viento. La hojarasca ha cubierto la tierra y pequeños y escandaloso montones danzan en círculos, formando torbellinos. Recuerdas cómo tu abuela te ayudaba a saltar esas corrientes de aire. Con tan solo la fuerza de un brazo era capaz de separar tus pies del suelo y volver a aterrizar, volando también por encima de los charcos.

Has perdido tu querida pelota, aquella que te regalaron por tu cumpleaños, y ya no quedan niños con los que jugar. Tu madre aún no ha ido a recogerte. Cada minuto que pasas esperándola son sesenta segundos de eternidad. En definitiva, no es un buen día. Debe haberse retrasado en el trabajo y tienes hambre. Lo sabes porque tus tripas rugen como los leones de los documentales, no como los del zoo. Esos solo espantan moscas. Lo único que puede consolarte ahora es un buen plato de macarrones de lo que hace tu padre, con carne picada y el tomate sin calentar.

Fuerzas la vista y te fijas en el barro que aguarda en la bajada del tobogán. Quizá por eso no hay nadie en el parque. El otoño es triste porque vacía los parques, no porque desnude los árboles. Y, entonces, te decides. Eres un valiente, el más valiente del colegio. Te vas a tirar por el tobogán aunque te llenes de barro y te abronquen en casa. Nada frena a los aventureros como tú.

Sin embargo, antes de levantarte ves la libreta que descansa en tu regazo. Parece una de esas agendas de mayores, de esas que llevan los adultos con traje. La abres por el día de hoy, la curiosidad se pega a los niños como los chicles a las tripas. En la página marcada por la guía de tela, una única anotación:

«Tu hijo viene a recogeros a las 12:30»

El horizonte arranca a correr a la fuga y el suelo se aleja hasta que te cuelgan los pies. Empequeñeces, te haces diminuto. En ese instante, te ves el dorso de tu mano temblorosa, las arrugas cuartean tu piel y las venas azules hinchan sus ríos. Una vida entera gastada en un segundo. Miras a tu alrededor buscando el abrazo de tu madre, ahí siempre te sentiste a salvo. Tarda demasiado en ir a rescatarte. «No se lo voy a perdonar nunca», piensas.

De repente, una pequeña mano coge la tuya y tira de ella con insistencia. Te hace daño en el hombro con sus tirones. No habías visto nunca a esa niña, ni siquiera sabes de dónde ha salido.

— Abuelo, no te encontraba. Papá ya ha venido a por nosotros. ¡Vamos!

En ese momento miras a la niña a los ojos y ese tono marrón cielo hace menos peligroso el mundo. De nuevo, vuelves a estar en casa.

domingo, 3 de enero de 2021

El viejo roble

 

Se desveló de madrugada, pero no le importó, adoraba verla dormir. A pesar de la noche, la luz de los relámpagos dibujaba a tirones el contorno del mundo. Le apartó el pelo de la cara con suma delicadeza y la besó con suavidad. Ella no hizo el más mínimo gesto, estaba sumida en el sueño más profundo. En ese instante de su vida era feliz y era consciente de ello, que es lo más difícil. Se levantó con cautela para evitar que el movimiento del colchón le molestara y se apoyó en el quicio de la ventana para observar la tormenta. Cientos de gotas atentaban débiles contra el cristal, simulando un cuadro al óleo.

Su atención se fijó en aquel viejo roble que coronaba la colina. Aún recordaba los cuentos que le contaba su padre a la sombra de aquel majestuoso árbol. Lo admiraba porque ni las inclemencias del tiempo conseguían quebrar sus ramas. Siempre firme, siempre erguido.

De repente, la luz cegadora de un rayo cercano lo asustó. «¡Qué estúpido!», pensó. Cuando volvió a mirar al majestuoso árbol, su silueta había cambiado. «Quizá no es tan fuerte como pensaba», se decepcionó. Sin embargo, poco a poco la nitidez fue volviendo a sus ojos. No era una rama lo que pendía de aquella sombra. El corazón se le empezó a acelerar a un ritmo incontrolable hasta el punto de sentir que le rompía el tórax y escapaba de su cuerpo. Lo que yacía colgado era una mujer de largo cabello y camisón a medio muslo. Perdió la respiración en mitad del miedo. El terror le obligó a sentarse en la cama, sin habla. Con la poca voluntad que le quedaba estiró el brazo para despertar a su mujer, pero ella ya no estaba.

Sonrisa de verano

 

Los cálidos rayos del sol acariciaban el rostro del niño con los ojos cerrados. El paisaje azul y tranquilizador de la playa lo rodeaba como lo hacían sus familiares cuando soplaba las velas de la tarta de cumpleaños. A pesar de no abrir los ojos, la felicidad no se borraba de su sonrisa.

De vez en cuando, alguna gaviota tapaba el sol, con su grito desgañitado, y la sombra lo abrigaba durante unos segundos. Esta ruptura de la quietud del paisaje le hacía sentir que vivía dentro de un cuadro de museo en movimiento. La brisa permanente peinaba su melena rubia de felino fiero y la fina arena se colaba entre los dedos de sus pies tan suavemente que a menudo le hacía cosquillas. Disfrutaba aquel instante, ajeno a la huella que iba dejando en él aquel momento, forjando su valentía y su sonrisa como si de acero se tratara.

Ese día de playa se había convertido en un recuerdo permanente al que recurría si necesitaba escapar a un remanso de paz sin que él se diera cuenta. Era su gran tesoro que guardaba en la caja fuerte de su memoria, la cual abría cuando necesitaba contemplar su riqueza intangible. 

Aún oía a su cariñosa madre persiguiéndolo en un divertidísimo juego y cómo, con suma delicadeza, le limpiaba la arena de su cara con sus manos las cuales, para él, eran el lugar más seguro del mundo. Aquellos brazos, que solo apretaban para protegerlo, estaban grabados en su piel, como una agradable cicatriz. 

El agua del mar lo aterraba. Era un lugar frío y desconocido que no dudaría en engullirlo aprovechando el mínimo descuido, una bestia tan inmenso que acababa en la línea lejana donde empezaba el cielo. Pero cogido a su madre sabía que no tenía nada que temer. 

Aquel verano aprendió a nadar y el miedo desapareció. Ya no existían monstruos gigantescos, tan solo el orgullo de haberlo derrotado.

Sin embargo, cuando abrió los ojos, se encontraba demasiado lejos de aquel tiempo y aquel lugar. La tranquilidad de la playa había desaparecido como esa estrella fugaz que se desvanece antes de que puedas pedirle el deseo.

Todo era muy diferente allí donde estaba. El canto intermitente de las gaviotas había sido sustituido por un ruido constante y aterrador capaz de percutir cualquier oído. Los taladros que actuaban no muy lejos de él le hacían perder el hilo de sus recuerdos. El paisaje azul brillante se había teñido de un tono gris entristecido, convirtiendo la fina arena, que le hacía cosquillas en los pies, en escombros de edificios derruidos que le hacían perder el equilibrio. El dorado de su melena se escondía bajo el polvo levantado por cientos de paredes cansadas de resistir los maltratos. Por ese entonces, las sombras, que ya no abrigaban como antes, eran producidas por los aviones bombarderos. Las carreras las protagonizaban militares armados cuyas botas golpeaban el suelo en vez de correr sobre él.

En el momento en el que el niño se daba de bruces con la verdad, escuchó el sonido metálico de una pistola a escasos milímetros de su oído. Sentía el gélido acero presionándole la sien. Ya no quedaban caricias que recibir, solo sus cicatrices. Pero él ya no tenía miedo porque su madre le había enseñado a nadar el verano anterior, tenía experiencia tratando con monstruos inhumanos. Así que decidió cerrar los ojos para volver a aquel recuerdo feliz antes del estruendo del cañón.

La realidad lo alcanzó con la sonrisa del verano en la cara.

Un halo del pasado

 

Alumbrado por una vela a punto de consumirse, el capitán de aquel navío escribía las memorias de las miles de aventuras que habían dado de sí los últimos cincuenta años, rodeado de ese Dios tan temido llamado océano. La pluma de gaviota, remojada en el bote de tinta de calamar, permitía un trazo preciso sobre el papel aunque repleto de faltas ortográficas debido a que en alta mar no se imparte ningún tipo de enseñanza. En el camarote oscuro, los recuerdos y el sonido del frotar del papel con la pluma hicieron que pisara tierra firme después de tantos años. Sus pensamientos estabilizaban el suelo que pisaba, aislándolo de la realidad que lo cercaba. Lo único que le hacía despertar era el resoplar del viento sobre la cubierta.

Sus recuerdos no se tambaleaban menos que el barco. Se le hacía duro admitir que su pasado había sido más largo y emocionante de lo que sería su futuro. Nadie lo esperaría en el siguiente puerto, ni lo echaría de menos cuando su porvenir se extinguiera. En realidad, el resto del mundo solo era eso, el resto del mundo; lo que de verdad le ardía por dentro era que ella no lo acompañara.

Entre sus múltiples historias se encontraba la vez que consiguió rescatar a uno de sus marineros entrando de polizón en una embarcación de piratas indonesios. No podría faltar la hazaña de salir todos vivos de aquella gran tormenta que los alcanzó en alta mar, o el haber erradicado el brote de sarampión que segó la vida de siete tripulantes. El calamar de veinte metros tampoco fue capaz de hundirlos en el olvido.

Pero la historia que lo atormentaba no era otra que la de ella, la que desde el primer instante le surcó el alma. Su cabello era largo y más dorado que todos los tesoros robados de Barbanegra. Su piel pálida poseía una suavidad y finura que no era comparable ni con la seda asiática. Llevaba el pecho descubierto, ajena a la brutalidad del deseo humano. La delicadeza le llegaba casi a besar la ingle, pues a partir de ahí le nacía un apéndice cubierto de escamas plateadas y brillantes, capaces de deslumbrar al mismo sol incesante del Ecuador. Era el más puro ideal de belleza.

Sus ojos curiosos habían asomado por estribor la noche que él hacía guardia. El por entonces marinero raso no había atinado a emitir sonido alguno, lo que les permitió unos momentos a solas. Aquel marinero hipnotizado se acercó a la fantástica criatura y ésta, venciendo su miedo, no soltó los brazos de la madera. Ninguno lo pudo evitar: a ella la empujó la curiosidad y a él, el hechizo en el que se había visto envuelto; así que se unieron sus labios que sabían a dulce sal marina.

En eso, su sustituto de la guardia interrumpió. Al ver a aquel hermoso ser, el intruso quedó perplejo durante unos segundos que se hicieron eternos para los tres. Sin embargo, fue peor lo que vino después. Cuando el hombre volvió en sí, hizo ademán de avisar al resto de la tripulación, pero él no podía permitírselo: si hubieran conocido la existencia de la sirena, la habrían perseguido por todos los mares hasta dar con ella. La navaja fue más rápida que la sensatez y pronto cayó al suelo el cuerpo sin vida del delator. La sirena, al ver ese reflejo de crueldad en los ojos del hombre que la había besado, se escondió horrorizada en las profundidades marinas. En cambio, él dejó caer el cadáver por la borda sin ningún viso de arrepentimiento por lo que acababa de hacer.

Los rumores sobre la desaparición del marinero que se crearon fueron tan dispares como erróneos, lo que le proporcionó un salvavidas sin apenas buscarlo. Él permanecía lejos del sentimiento de culpa. La imagen y el sabor de aquella joven que se repetía en su cabeza no dejaban hueco a los remordimientos.

Pasaron los años y su obsesión seguía repitiéndose en sueños. El ya capitán se había convertido en una habitación oscura buscando un rayo de luz, en un necio anhelando una sombra del pasado. Cuanto aquel día había sido permanecía oculto allá donde la luz solar nunca ha osado a hacer acto de presencia.

Aquella noche no pudo más y dejó de escribir; ya se había cansado de que su presente se atara a aquel escritorio de madera. El tiempo postrado en esa silla, fingiendo que su vida había sido un mar de aventuras apasionantes, se había perdido en el bote de tinta de calamar. La losa de su apariencia pesaba más que los años de trabajo lejos de tierra firme.

Miró la hora en el reloj de bolsillo que guardaba en el compartimento secreto de su chaqueta. Lo hizo por costumbre, no por necesidad. Cuando no hay marcha atrás no importa el tiempo que ha pasado, sino el tiempo que queda. Esas agujas de plata ya no le decían nada.

La tripulación festejaba en la bodega del barco por la Virgen del Carmen, patrona de los marineros. Aprovechó el alboroto para coger una de las redes y subir a la cubierta que había quedado vacía. Tuvo que dar dos viajes más, aunque esta vez a un piso superior, para subir un par de balas de cañón. Después de haberse atado los materiales a los tobillos, los lanzó con gran esfuerzo al mar y se dejó arrastrar por el peso y la fuerza de la gravedad. Hubiera dado la vida por la ínfima posibilidad de verla por última vez. Descendía a un ritmo de vértigo.

Las burbujas producidas por el movimiento y por el poco aliento que le quedaba le acariciaban la cara, como si el mar se despidiera de él con el cariño de una madre. Al dispersarse la cortina de aire atrapado, allí, al otro lado, pudo ver aquel cabello rubio que brillaba a pesar de la oscuridad de la noche. Aquellos reflejos iluminaron la penumbra de los últimos años, de ese sentimiento de soledad. Los ojos curiosos que un día conoció permanecían jóvenes, pero él sentía la decepción que guardaban. La belleza no se había alejado de su piel, era más fuerte que el paso del tiempo. Su último esfuerzo lo empleó en sonreírle.

El sueño se adueñó de él con el corazón tranquilo y, en poco tiempo, su cuerpo besó el suelo como si se tratara de su pluma, ahora descansando sobre el escritorio. Al final no supo si de verdad la consiguió ver o tan solo fueron alucinaciones debido a la falta de oxígeno en el cerebro, pero el capitán murió con una sonrisa en el rostro.


Segundo premio de relato breve en el concurso de literatura joven de El Campello.

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