Las
livianas nubes grises difuminaban las pobres sombras por la falta de
luz de aquella mañana. Antes del toparse con el aterrador
descubrimiento, ignoró el timbre que retumbó entre las paredes de
su casa de Malasaña. Él se encontraba en el jardín de su patio
interior, dedicándose a sus plantas y a la incorporación de nuevos
tesoros a la colección que enriquecía su verde y viva vitrina.
Con
su habitual cúpula de soledad y su actitud ausente, acompañada por
la mirada de las mil yardas de color negro como pozo de petróleo,
manejaba su pequeña pala metálica rompiendo la tierra con una
tranquilidad y cariño desesperantes para un posible e inexistente
espectador. La prisa siempre fue manta veraniega para él. «Mide
siempre dos veces» y «el
tiempo es demasiado valioso como para perderlo con prisas»
eran la única herencia que le dejó su padre hacía cuatro años y
medio. Su breve sabiduría y una Biblia que difundía su palabra
entre el polvo del desván.
Una
vez perforado el lienzo de la colorida obra, empezó a dar forma al
hoyo que sería refugio de las raíces de un helecho. La oscura y
húmeda tierra se colaba entre sus uñas descuidadas, yemas de cuyos
dedos apretaban la curva pared del socavón.
Un
breve desprendimiento le obligó a retirar del fondo del agujero el
sobrante, por lo que hundió sus manos sintiendo el cosquilleo
agradable de la naturaleza. Sin embargo, algo turbaba su apacible
entretenimiento. El placer del tacto del barro en sus manos fue
interrumpido por tres elementos esféricos. No eran guijarros, tenían
menos consistencia que las piedras. Desenterró aquel trío viscoso
con cierta curiosidad. Sopló sutilmente para hacer volar la suciedad
que los cubría. Y, sobresaltado, los dejó caer al césped y se echó
hacia atrás con la respiración alterada debido al asombro.
El
corazón agitaba el pecho. El aire le entraba a mares por la boca
pero no llegaba a satisfacer la sed de los pulmones. Sobre el bien
cuidado tapete de hierba, inertes, tres ojos. Tres ojos azules los
cuales parecía que lo observaban con dolor, el sufrimiento del que
padece sin lograr comprender el motivo de esa bestialidad
desproporcionada.
Sintiendo
el golpear de su pulso con afán, cual tambor buscando su huida, el
hombre se lanzó desesperado a palpar la tumba de aquellos miembros.
Destruyó gran parte de su obra, la misma que se esmeraba por mejorar
cada día. No obstante, bajo aquella belleza vegetal no se escondía
nada más.
***
Las
dos de la mañana hacía minutos que habían muerto cuando despertó
acompañado del sudor frío de la pesadilla. Una vez hubo domado su
corazón desbocado, se sentó en el borde de la cama con la mirada
fija en el suelo. Enfrentarse a la realidad nunca es fácil, pero el
ser humano se autoconvence con cada generación de la necesidad de
conocer la verdad, aunque ello guíe el gélido puñal hasta el hueco
intercostal. Como si de una religión se tratara, la falsa sensación
de control que proporciona el creerse en posesión de una certeza
manipula al ser humano, erosionando la ilusión y la tranquilidad.
Se
puso las zapatillas de andar por casa atrayéndolas con la fuerza de
sus pulgares de los pies. Tras calzarse, se levantó e inició su
camino con paso dubitativo. Sabía dónde iba, sabía que llegaría,
y necesitaba hacerlo para poder recobrar el sueño, pero demoraba el
momento, temeroso de no obtener la respuesta deseada.
Descendió
los escalones como si los pies de plomo crujieran los peldaños de
granito al entrar en contacto.
El
helecho que plantó la mañana anterior permanecía impasible ante
las ascuas que quemaban el estómago del hombre que se erguía frente
a él. El desconocimiento de aquella planta le revolvía la
conciencia, por lo que se disculpó con gran pesar segundos antes de
arrancarla de un tirón.
Los
nervios se habían tragado los miramientos y los había escupido al
otro lado de la alambrada. Empezó a escarbar con premura, de nada le
servían entonces sus dos mantras. Rápidamente se topó con el
primer ojo y, poco después, los otros tres. Cuatro ojos azules como
el mar que añoraba desde el viaje familiar de su infancia; ojos
azules como los de la chica de la que había estado enamorado antes
de ser rechazado; ojos azules como los que no heredó de su madre,
quien no supo actuar, impotente, mientras él sufría los nudillos de
su padre. Cuatro ojos azules, no faltaba ninguno. Respiró aliviado,
estaban todos.
Por
fin pudo dormir a pierna suelta y, esa vez, en su sueño, los números
cuadraban con la realidad.
Relato incluido en la antología benéfica Historias de Malasaña.