sábado, 17 de julio de 2021

¿Qué porción de alma hay que vender para "triunfar"?

 Antes de empezar quiero aclarar que no hablo desde el resentimiento de tener una novela terminada aún sin publicar (y que probablemente las editoriales ni siquiera lean cuando se la envío). 

La pregunta que me lleva a escribir esta entrada es la siguiente: ¿dónde ha quedado el estilo propio en las novelas de éxito? Hablemos de los best-sellers de estantería rápida, no hablemos de nombres propios, sino de sensaciones. Bueno, ahorremos tiempo, lo confieso: también consumo superventas de moda. Os aseguro que la mayoría de ellos parecen escritos con el mismo teclado y es una lástima, porque algunas veces me arrepiento de no haber tenido yo esas ideas (hablando de trama). Ahora entiendo a Juan Gómez Jurado cuando se hace notar en sus novelas (he devorado las cinco de la saga Reina Roja).

Al igual que hay fórmulas y estudios sobre temáticas que se prevén exitosas y rasgos de fábrica para hacer popular a un personaje, ¿pasa lo mismo con el estilo? Me resisto a creer que, como lectores, nos están esperando a la vuelta de la esquina. Por favor, no seas un zombi conducido como ganado. Lee aquello que te guste (sin mirar el número de ventas), pero que nunca te digan que es aquello que te tiene que gustar.

viernes, 30 de abril de 2021

Camino a la verdad

 

Las livianas nubes grises difuminaban las pobres sombras por la falta de luz de aquella mañana. Antes del toparse con el aterrador descubrimiento, ignoró el timbre que retumbó entre las paredes de su casa de Malasaña. Él se encontraba en el jardín de su patio interior, dedicándose a sus plantas y a la incorporación de nuevos tesoros a la colección que enriquecía su verde y viva vitrina.

Con su habitual cúpula de soledad y su actitud ausente, acompañada por la mirada de las mil yardas de color negro como pozo de petróleo, manejaba su pequeña pala metálica rompiendo la tierra con una tranquilidad y cariño desesperantes para un posible e inexistente espectador. La prisa siempre fue manta veraniega para él. «Mide siempre dos veces» y «el tiempo es demasiado valioso como para perderlo con prisas» eran la única herencia que le dejó su padre hacía cuatro años y medio. Su breve sabiduría y una Biblia que difundía su palabra entre el polvo del desván.

Una vez perforado el lienzo de la colorida obra, empezó a dar forma al hoyo que sería refugio de las raíces de un helecho. La oscura y húmeda tierra se colaba entre sus uñas descuidadas, yemas de cuyos dedos apretaban la curva pared del socavón.

Un breve desprendimiento le obligó a retirar del fondo del agujero el sobrante, por lo que hundió sus manos sintiendo el cosquilleo agradable de la naturaleza. Sin embargo, algo turbaba su apacible entretenimiento. El placer del tacto del barro en sus manos fue interrumpido por tres elementos esféricos. No eran guijarros, tenían menos consistencia que las piedras. Desenterró aquel trío viscoso con cierta curiosidad. Sopló sutilmente para hacer volar la suciedad que los cubría. Y, sobresaltado, los dejó caer al césped y se echó hacia atrás con la respiración alterada debido al asombro.

El corazón agitaba el pecho. El aire le entraba a mares por la boca pero no llegaba a satisfacer la sed de los pulmones. Sobre el bien cuidado tapete de hierba, inertes, tres ojos. Tres ojos azules los cuales parecía que lo observaban con dolor, el sufrimiento del que padece sin lograr comprender el motivo de esa bestialidad desproporcionada.

Sintiendo el golpear de su pulso con afán, cual tambor buscando su huida, el hombre se lanzó desesperado a palpar la tumba de aquellos miembros. Destruyó gran parte de su obra, la misma que se esmeraba por mejorar cada día. No obstante, bajo aquella belleza vegetal no se escondía nada más.

***

Las dos de la mañana hacía minutos que habían muerto cuando despertó acompañado del sudor frío de la pesadilla. Una vez hubo domado su corazón desbocado, se sentó en el borde de la cama con la mirada fija en el suelo. Enfrentarse a la realidad nunca es fácil, pero el ser humano se autoconvence con cada generación de la necesidad de conocer la verdad, aunque ello guíe el gélido puñal hasta el hueco intercostal. Como si de una religión se tratara, la falsa sensación de control que proporciona el creerse en posesión de una certeza manipula al ser humano, erosionando la ilusión y la tranquilidad.

Se puso las zapatillas de andar por casa atrayéndolas con la fuerza de sus pulgares de los pies. Tras calzarse, se levantó e inició su camino con paso dubitativo. Sabía dónde iba, sabía que llegaría, y necesitaba hacerlo para poder recobrar el sueño, pero demoraba el momento, temeroso de no obtener la respuesta deseada.

Descendió los escalones como si los pies de plomo crujieran los peldaños de granito al entrar en contacto.

El helecho que plantó la mañana anterior permanecía impasible ante las ascuas que quemaban el estómago del hombre que se erguía frente a él. El desconocimiento de aquella planta le revolvía la conciencia, por lo que se disculpó con gran pesar segundos antes de arrancarla de un tirón.

Los nervios se habían tragado los miramientos y los había escupido al otro lado de la alambrada. Empezó a escarbar con premura, de nada le servían entonces sus dos mantras. Rápidamente se topó con el primer ojo y, poco después, los otros tres. Cuatro ojos azules como el mar que añoraba desde el viaje familiar de su infancia; ojos azules como los de la chica de la que había estado enamorado antes de ser rechazado; ojos azules como los que no heredó de su madre, quien no supo actuar, impotente, mientras él sufría los nudillos de su padre. Cuatro ojos azules, no faltaba ninguno. Respiró aliviado, estaban todos.

Por fin pudo dormir a pierna suelta y, esa vez, en su sueño, los números cuadraban con la realidad.



Relato incluido en la antología benéfica Historias de Malasaña.

FIRMA del 23/04/21 en DE PAPEL

 


miércoles, 7 de abril de 2021

Duelo al alba

 

Entre las nubes de mi desierto

reaparece Billy El Niño

con el grito cargado.


En el abrevadero,

su rocín descansa a la sombra

de los chistes de la vergüenza.


Él permanece en un plano alejado

y, mientras sus fotografías se difuminan

en un asfixiante humo gris,

la rabia revienta el espejo.

Al quebrarse, éste se multiplica,

despliego la bandera blanca,

retiro mis tropas.


Tras el portazo, la misma pregunta de siempre

sacude mi razonamiento:

¿Qué se refleja

si enfrentas dos espejos?

martes, 2 de marzo de 2021

Vienen a por mí

 

El grillo que custodia mi balcón queda afónico tras su canto continuo. El silencio absoluto me deja sobre aviso, ya está aquí. Ya han venido a por mí. El viento ha muerto y la poca luz de la luna llena que barniza mi ventana ha quedado al borde de la extinción. Tengo que darme prisa si quiero volver a escapar.

Saco del florero con agua uno de los dos ramos de crisantemos. Los mismo ramos que mi ignorancia me hizo tomar prestados del camposanto. Lo apoyo contra la puerta de mi habitación y cruzo los dedos para que, su capacidad para bloquear aquello que ya no respira, me regale unos minutos extra que me otorguen la oportunidad de llenar mis pulmones con el nuevo día. Sin embargo, mi esperanza se evapora al segundo siguiente pues, acompañado del leve crepitar de una hoguera, empieza a secarse por los pétalos a la velocidad de las sombras.

Ahí me doy cuenta de que los párpados quieren rendirse, mis hombros se hunden y mis rodillas buscan tierra. «Ahora no puedes dejarte llevar, queda poco para ganarte otro día», me animo. Nunca se me habían dado bien las arengas y, por ello, mi cuerpo se resiente en este momento. No se logra espabilar.

Vuelvo a mirar hacia la puerta. El primer ramo está más cerca de ser polvo que aroma. Corro a por el otro, el último. Lo prendo con el florero con la vana ilusión de que el agua lo mantenga durante más tiempo. No obstante, las flores empiezan a marchitarse antes de llegar al suelo. El reloj corre demasiado lento.

Me apresuro a la cómoda y cojo el marco que contiene una de mis fotos familiares. Se está modificando. La imagen de la persona que posaba entre mis padres y detrás de mi hermana pequeña se difuminaba. Soy una figura traslúcida dejando su hueco al paisaje que se pinta en el fondo. Una lágrima se me escapa en un riachuelo que que moja el cristal. Pronto no seré más que olvido, uno más de los que nunca existieron.

De repente, la esperanza se disfraza de un rayo de luz rebotando en el brillo de la fotografía. El sol trepa por el horizonte y despliega sus tonos anaranjados. Mi corazón desata su redoble contra mi pecho. Mi sueño ha desaparecido por completo. Miro hacia el tocador y mi ánimo acaba cayendo al fondo del pozo.

El día ha llegado demasiado tarde, ya no me reflejo en los espejos.

Lo de Carmen no me mola

 Es posible que en las últimas semanas hayas estado de viaje con el móvil en modo avión (lo recomiendo). Quizá seas una persona huraña que a...